Uno de los sentimientos más desagradables que experimentamos los humanos es el de pérdida.

En todas las actividades que realizamos, la posibilidad de perder algo está presente. Las valoraciones preliminares a la ejecución de un negocio, por ejemplo, son una excelente opción para disminuir riesgos. Por fortuna, existen profesionales capaces de brindar a los interesados un estudio de la situación y de las probabilidades de éxito o fracaso de un proyecto determinado. Sí; definitivamente, perder no es agradable y a nadie le gusta. Y si en un proyecto de negocio está latente la posibilidad de pérdida, ¡cuánto más lo está al invertir en acciones!

Varias son las razones de pérdida cuando se invierte en la Bolsa. Dos de ellas simplifican la teoría: o uno actuó mal o la Bolsa tuvo un mal comportamiento. Obviamente, como en todo juego de azar (aunque no hay consenso para llamar así a las inversiones en Bolsa), para los participantes esta última es la justificación perfecta y la más frecuente: un argumento fácil, cómodo y, aparentemente, mantiene ileso el amor propio. También la baja de commodities o la inestabilidad de los mercados extranjeros comúnmente aparecen como causas de la pérdida. Estos y otros argumentos similares no se escuchan cuando se ha ganado; y en lugar de echarle la culpa a otro, la ganancia se debe al buen olfato bursátil o a ciertas habilidades “guruescas” de los actores. En muy escasas ocasiones se da el merecido crédito a la pura suerte. Lo cierto es que este azaroso camino es por tramos alegre y por tramos angustiante. Entre la adrenalina y el estrés… ¿Qué es ganar en la Bolsa?

La ganancia se da cuando queda una diferencia positiva entre el monto invertido en un momento dado y el monto obtenido en el momento de la venta. Para considerar un resultado, es necesario que haya venta, porque si no se vende, la inversión podrá tener mayor o menor valor teórico, pero no realizado. Entonces, es este último estadio —el de la venta— lo que determina una ganancia o pérdida al salir de una inversión. Y aquí entran en consideración los motivos por los que se desea salir y, más precisamente, las razones por las que se decidió invertir.

Supongamos que los valores de las acciones en su conjunto han ido en baja en los

últimos tres años. El índice selectivo de una determinada bolsa de valores cayó en el año 2018. Sin embargo, el inversor X podría haber ganado un buen porcentaje en solo tres días si hubiera invertido cuando estaba en baja y si a los tres días, en una momentánea subida, decidiera vender.

Si la razón de la venta es que el señor Y necesita dinero, y esta necesidad es semejante a la de los demás inversores, entonces está condenado a una buena pérdida. Por otro lado, qué hacer con los excedentes es una cuestión muy importante que perfila el riesgo que uno se dispone a asumir: ¿serán necesarios en un plazo determinado?, ¿son un “seguro” para la vejez?, ¿financiarán la educación de los hijos en un futuro cercano?

Que las bolsas de valores fortalecen el mercado de capitales e impulsan el desarrollo económico y financiero, es cierto. Pero también lo es el “efecto casino” que puede producir en las empresas que intervienen en la ruleta bursátil. Advierto que uso la expresión ruleta por las vueltas que da la bolsa, y porque a veces se detiene en negro y otras en rojo…

Por eso, aquí van dos consejos: 1) Poner especial cuidado en las sugerencias que hacen “los expertos” para incrementar el valor de las acciones. Muchas de esas recomendaciones son erróneas o confusas y, lejos de mejorar la cotización, podrían dejar a un inversionista sin caja. 2) Como en cualquier aspecto de la vida: andar el camino con menos ambición y más prudencia.

Publicado en el diario Gestión el  22/01/2018

Commentarios con tu cuenta de Facebook